Casi como siempre, fui sola. Disfruté mientras duraron las funciones tempraneras, a las que comúnmente los viejos iban a tirarse pedos y a dormir la siesta sin temor a que los roben. Confirmo esto último porque Alberto, Susana, y otros tantos innumerables viejos, me lo confesaron. Las funciones de los ronquidos, los pedos, las toses, los carraspeos secos de unos tubérculos añejos que en vez de someterse a lo mismo de manera solitaria en el living de su casa frente a la TV, lo hacían de manera anónima y compartida, rodeados de asientos destartaladas y olor a humedad y orín. La película de ese día era en blanco y negro, polaca. No recuerdo el nombre pero sí todo lo demás. Eran pocos los viejos, casi todos varones. Una vez adentro nos distribuimos naturalmente por las butacas sin mirarnos demasiado. La película tardó en comenzar y una vez que lo hizo, los subtítulos estaban en griego. La pantalla se apagó y volvió a encenderse un par de veces hasta que sintonizó y no volvió a detenerse. E...